GETSEMANÍ: DONDE LA VOLUNTAD ES CRUCIFICADA
Reflexión Diaria – 10 de Febrero de 2026
Textos bíblicos: Epístola de Judas 1:1-10 / Evangelio 2° de
Lucas 22:39-42,45-23:1
Hay lugares en la vida espiritual que no existen en el mapa,
pero que determinan todo el camino. Getsemaní es uno de ellos. No es solo el
escenario de la agonía de Jesús; es el lugar interior donde se pone a prueba
toda verdadera vocación. Allí, no se aprende, se decide. Allí, no se explica,
se obedece. Allí, la voluntad humana es puesta sobre el altar y, si es
necesario, crucificada.
Los textos de hoy nos sitúan ante esta misma lucha. La Carta
de Judas revela el peligro de una fe sin miedo, que juzga antes de orar, que
habla de lo que no entiende, que transforma el celo en arrogancia espiritual.
El Evangelio, en cambio, nos conduce al silencio nocturno de Getsemaní, donde
solo Cristo elige no huir de la voluntad del Padre.
Judas denuncia a los hombres que "rechazan la
autoridad" y solo siguen sus propios impulsos. En contraste, el Arcángel
Miguel —en la tradición evocada por el apóstol— no se atreve a condenar, sino
que confía el juicio al Señor. He aquí la primera lección espiritual: el
verdadero hombre de Dios no se apresura a juzgar; tiembla ante el misterio.
Por eso los Padres del Desierto insistieron tanto en el
combate interior. San Antonio, percibiendo el endurecimiento espiritual que
surgiría en tiempos futuros, advirtió que muchos llamarían locura a quienes
permanecieran fieles. Getsemaní es precisamente ese lugar: donde la obediencia
parece locura a los ojos del mundo, pero es sabiduría a los ojos de Dios.
Cristo, en Getsemaní, no debate con el Padre. No exige
explicaciones. Se arrodilla. Su oración no es triunfal, sino agonizante. «Si
quieres, aparta de mí este cáliz». Aquí vemos la plena humanidad del Hijo. Pero
la frase decisiva viene a continuación: «Pero no se haga mi voluntad, sino la
tuya».
En este punto, el Evangelio nos enseña algo esencial: la
obediencia no es la ausencia de dolor, sino la fidelidad a pesar del dolor.
Los Padres lo sabían. San Isaac el Sirio enseña que no nos
corresponde comprender los designios de Dios, sino soportarlos con humildad,
confiando en que la luz llegará a su debido tiempo. Getsemaní es el lugar de
esta oscura espera, de esta fe sin garantías, de esta confianza que no depende
de resultados inmediatos.
Por lo tanto, Getsemaní no es una excepción en la vida
espiritual; es una escuela permanente. Es allí donde aprendemos que el mayor
peligro no reside en el sufrimiento en sí, sino en la huida disfrazada de
prudencia, racionalidad o falsa paz. La voluntad no crucificada siempre busca
un atajo. La voluntad crucificada permanece.
El Evangelio avanza, y vemos a Jesús arrestado, juzgado y
acusado por estructuras religiosas que se consideraban guardianas de la verdad.
Judas ya había advertido: cuando la fe pierde la humildad, se convierte en un
instrumento de violencia espiritual. Por lo tanto, la verdadera vigilancia no
consiste en señalar culpables, sino en cuidar el propio corazón para que no
abandone Getsemaní antes de tiempo.
Hoy, la Palabra nos llama a una decisión silenciosa pero
radical: no huir de la voluntad del Padre, incluso cuando nos inquieta, nos
expone y exige más de lo que quisiéramos ofrecer. Getsemaní es el lugar donde
se crucifica la voluntad y, precisamente por eso, donde nace la verdadera
libertad.
Que el Espíritu Santo nos conceda no solo comprender estas
palabras, sino también permanecer en ellas. Y que la Misericordia de Cristo nos
sostenga cuando la noche se hace larga, la copa pesada y la oración parece
árida. Quien permanece en Getsemaní no está solo: el Padre ve, el Hijo
intercede y el Espíritu fortalece.
Padre Diacono PAVLOS
Río de Janeiro – Archieparquia del Brasil
Iglesia Ortodoxa Eslava en América

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